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Una vez dada la señal de inicio, cada uno de los participantes fue ocupando su puesto. El número 1 le correspondía a la técnica de "Carpfishing", y Marcos Polo montó su chaletito particular; para ello, en uno de sus viajes al Ikea sustituyó el tradicional panier por un cómodo silloncito de los habituales de comedor al que, por ponerle alguna pega, debemos comentar que no disponía de reposapiés ni de bandeja portacebos.

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El chalecito además disponía de una piscina algo más profunda que la de sus vecinos, y el jardín estaba perfectamente acondicionado, con la sombrilla adecuada a fin de mantener la cerveza constantemente en la sombra y con un tendedero de estos modernos que ahora se utilizan como soporte para colocar las cañas.

El puesto número 2 le correspondió a la técnica de toda la vida,  la pesca "a la española", importada por los italianos, quienes con más finura lo denominan "a la bolognesa". El nostálgico, CarlosAF67, ante la recomendación de Paco Montesdeoca, sustituyó sus anchos pantalones de campana por otros algo más cortos que se adaptaban a las duras condiciones meteorológicas.

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Cuidadosamente, fue sacando de sus fundas de cuero repujado esas antigüallas de 6 y 7 metros, las cuales fue extendiendo a lo largo de su puesto, a la vez que se afanaba en colocar esas veletas artesanales que fabrica con sus propias manos, como los ebanistas de antaño. Aunque siempre defiende que tiempos pasados fueron mejores, ante lo duro que podía ser el duelo y exclusivamente para esta ocasión, decidió abandonar su habitual sillita de esparto y alquilar en "Alkitodo" una silla francesa, de esas que ahora los modernos llaman "panier".

En el tercer box relucía una espada láser de última generación, cuyo destello alcanzaba  hasta cerca de los 13 metros. Se trataba del pequeño Mardi, a quien se le han caído los dientes de leche en el lago y que se sentía feliz, pues volvía a casa, como el turrón en Navidad. Los recuerdos afloraban... ¡qué tardes pasaba con el maestro Siemprepilla, enseñándole a encender y apagar tan poderosa espada! Sin embargo, una preocupación rondaba sobre la cabeza de Mardi, pues dudaba si tendría batería suficiente para la batalla al no haber recargado por completo las pilas durante la larga noche anterior. 

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Gracias al resplandor de la espada láser,  veíamos  un cartel a la entrada de una finca que indicaba “Sierra Palace”. Tras la cinta, podíamos divisar la típica mansión inglesa y a lo lejos pudimos ver a “Lord Sierra”, con su estilo y elegancia habitual, acompañado por sus inglesitas. Todo estaba perfectamente colocado, cada inglesita bien arreglada con  sus mejores galas para recibir a los visitantes y con todo tipo de aperitivos preparados para ofrecer a sus comensales en una mesa situada a unos 20 metros en el centro del lago.

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A las afueras del palacete inglés nos tropezamos con un pequeño rastrillo en la calle, se trataba del puesto número 5, que estaba regentado por un tal Kalorro, especialista en la venta de  jaulas para mosquitos y rulos de peluquería unisex. El sujeto llamaba la atención de sus compradores tocando desafinadamente el violín y  bajo el grito de “¡Barato, paisa, barato... todo barato!, ¡Jaaa... primooooo... que son de Inglaterra, que me los compra mi tío en Interneeeeeeeeete!”, intentaba conseguir pasta con que sacar adelante a sus churumbeles.

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Los intrépidos contendientes, por espacio de casi dos horas, se afanaron en la preparación de sus artes de pesca. Los situados en las puntas, Marcos y Kalorrín, debido a la irregularidad de los fondos de sus respectivas zonas, fueron los que tuvieron más dificultades para medir agua y elegir un suelo adecuado para su tipo pesca; sin embargo, Mardi abrió su elegante panier y sacó los flotadores que se ajustaban perfectamente a la profundidad del pesquil, puesto que, aunque fuera nuevo en el charco, parecía conocer todos los puestos y tener preparadas las líneas óptimas para cada uno de ellos.

En cuanto los contendientes vieron que a sus espaldas se arremolinaba el gentío, dejaron sus quehaceres para unirse al ágape que montó el Angelito divino (al que sólo le faltan las alas), de apellido “Lechu”, quien en un "pis-pas" preparó la mesa, sacó el mantel, hizo la compra y repartió todo tipo de viandas y bebidas entre todos los allí presentes, contando para ello ademáscon la inestimable ayuda de la gran cocinera de tortillas españolas, doña Montse, que, para que te des cuenta, Luisito, vale más una buena tortilla española que ocho inglesas mediocres.   


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